Camino descubriéndome,
El abrazo silencioso de esa sonrisa.
Aire en los días que recorren los sentidos.
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| De Albero Varela en flickr |
Y me dejo acompañar de su naturaleza pasajera.
La enigmática impermanencia;
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| De Albero Varela en flickr |
| Imagen: CMEarnest |
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| Imagen: Basil Arteomov |

Hay una clase de música que me gusta desde hace muchos años. La fui descubriendo en el tristemente desaparecido programa de radio Diálogos 3 (del cual sus oyentes mantienen cierto espíritu) y gracias a Internet es posible encontrar algunas de las maravillas de los desconocidos autores que allí uno descubría.
Cuando ahora escucho algunas de estas melodías, tan pronto las sigo disfrutando intensamente, como me invade un profundo estado de melancolía. La felicidad y el bienestar -seguramente nunca bien transmitido- que acompañó a esa “banda sonora” me desconcierta, generando ahora tanto bienestar como tristeza.
A veces pasa que los tiempos parecen no encontrarse. Cuando un tren llega el otro parte, y ocurre como en aquellas películas en las que los protagonistas no consiguen reencontrarse. Es entonces cuando uno se queda con la eterna duda de que hubiera ocurrido...Estudiando en la universidad, recuerdo haberme encontrado con este concepto por primera vez entre tantos otros. Fue de aquellos que releí varias veces en el texto y pensé durante algún rato. Quien sabe qué oportunidad perdí en aquel instante. Como con otras cosas, pese al interés creo que no comprendí en ese momento la transcendencia que tal idea puede llegar a tener, incluso después de trabajar posteriormente con sus posibilidades.
En estos días, una de las personas que me ayuda a sanear mi ser, me ha contado ese descubrimiento que es ahora mí propia “mochila”; esa que todos llevamos a nuestras espaldas y en la que de forma a veces consciente, muchas otras veces no, vamos introduciendo a lo largo de los años toda serie de aprendizajes, hábitos y reacciones diversas. Ya se sabe; la familia, el entorno, nuestras propias experiencias vitales... Es difícil llegar a saber cuando algo pasa a estar dentro de ella, pero de tanto llevarla a nuestras espaldas, terminamos en muchos casos por dejar de prestarla atención. Va ahí, para bien y para mal, siempre con nosotros.
Un día, tras algún suceso normalmente doloroso, nos damos cuenta que es necesario parar y revisar todos sus bolsillos. Es como si nos extrañáramos de repente con su peso y su molesta presencia. Dejas por un tiempo de utilizar sus “objetos” sin apenas pensar, como tantas otras veces hiciste, y te paras a observar con detenimiento lo que ella contiene. Te preguntas entonces cómo habrán llegado hasta allí algunas de esas “cosas”, al tiempo que cuestionas si te hace bien recorrer camino con ellas a cuestas. Afortunadamente escarbando también aparecen elementos valiosos, ocultos y olvidados en el fondo de nuestro equipaje; son aquellos que fuiste dejando de usar y ya no encontrabas fácilmente.
Yo he localizado en estos días algunas cosas en mi mochila de las que quiero desprenderme. Prescindir de ellas por el daño y el peso inútil al que me someten. De algunos de esos trastos ya me habían intentado hablar en otras ocasiones desde el cariño, solo que al abrir la cremallera de mi mochila pronto encontraba aquel antifaz oscuro e inmovilizante o los tapones colocados en mis oídos...
Aprender a desamprender; desechar todo lo que no valga más que para amargarte y hacer infeliz a quien te acompaña. Volver a enfocar la vida de otra manera; de la otra manera posible con lo que esa mochila también contiene y todo lo que puede llegar a tener. Ese es el reto por conseguir.
Decían en alguna de las muchas cuñas publicitarias aparecidas durante las últimas semanas, algo así como que en relación al gran evento deportivo “eligiésemos bien con quien íbamos a verlo, porque no lo olvidaríamos nunca”...
Todo va por el camino que cualquier aficionado español y holandés soñaba, incluso para ese otro buen número de personas que eso del fútbol nunca les atrajo, pero que andan divirtiéndose estos días a un paso de la gran victoria. Es aquello que sabía Mandela de que el deporte puede unir de forma extraordinaria a las diversidades de un país.
Yo sin embargo no he podido estar junto a quien hubiese deseado; mi amiga, mi compañera, mi gran amor.
Durante apenas unas horas volví al levante, al Mediterraneo, a una de las esencias de lo que soy y donde vengo. Volví a ese clima agradable y luminoso, con sus gentes amables y esa sonrisa con la que crecí y viví durante mucho tiempo; hasta algún momento que un día se sorprendió interrumpido… Volvía y de nuevo pise aquellos edificios de arquitecturas imposibles, aquella plaza con granizados de mil suculentos colores, mientras paseando descubría esa otra interesante ciudad que la desdicha de un tobillo no nos dejo “leer” como nos hubiera gustado hace años... Y por allí pasaron unos bólidos que iban endiabladamente rápidos, los que más según me contaban voces taponadas en mis oídos. Un curioso plan del pasado convertido en figurante de este presente eclipsado. Una anécdota ante el torbellino de sentimientos adelantando sin piedad a aquellos coches ruidosos.
Volviendo mi mirada perdida en el asfalto contempló pasar de largo el panel A4 dirección Córdoba, el cubo azul del Ikea al costado de la M50, la parada del almuerzo en mitad de la Atalaya y aquella torre de iglesia en el centro de una lejana y muy querida Aravaca; cientos de kilómetros con sus paisajes recorridos tantas veces lleno de felicidad…
Sensaciones que vuelven allá por donde vago buscando con ahínco un camino que no logro vislumbrar. Un día ante el sol sureño, pasado en el remanso de un norte verde y lluvioso. En el regreso diario a una casa que me angustia o en cualquiera de los instantes en los que aun arropado de personas queridas, camino como numero impar sobre un rompeolas resbaladizo.
Volviendo no parece que vuelva a donde antes volvía, porque al no encontrarte no me encuentro.
Hoy en el trabajo, revisando los contenidos de un curso de mediación familiar, este párrafo apareció entre sus páginas:
“... Cuando la separación se exterioriza, es porque esa persona viene padeciendo hace tiempo y quizá el otro ni siquiera se percató de dicho sufrimiento, o desestimó que las insatisfacciones o reclamos pudiesen llegar a detonar en la ruptura del vínculo...”
Y la mañana transcurrió con este nudo anclado desde hace semanas en el estómago y mi llanto silencioso.
Doctor en Alaska. La descubrí hace ya algunos años en la “República Independiente de mi Cuarto” cuando vivía en la casa de mis padres; un cubículo de 2x2 metros cuadrados que sorprendía por su contenido a todo el que allí entraba. Entre lo mucho que increíblemente ese cuarto contenía, una balda esquinera sostenía un viejo televisor en blanco y negro. En ese rincón y de madrugada, es desde donde aparecían aquellas curiosas historias con sus peculiares personajes, en las que yo quedaba irremediablemente atrapado.
vigencia, o se vincule en exclusiva a determinados ámbitos no del todo apreciados, cuando se analiza lo que verdaderamente más valoramos en nuestra relación con el otro, si que parece surgir con fuerza dicha cualidad: La lealtad. No entendida esta como alguien que nos da siempre la razón, nos adula continuamente con o sin motivo, o cosas que caminen por sendas semejantes. Ser leal va en otra dirección. Tiene que ver con cumplir el compromiso adquirido libremente con la persona, funcionar en esa relación en base a la verdad, queriendo estar ahí también en los errores, sabiendo perdonar sin que eso implique callar. Tal vez no todo de forma absoluta, claro, pero si una parte sustancialmente generosa.