Camino descubriéndome,
El abrazo silencioso de esa sonrisa.
Aire en los días que recorren los sentidos.
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| De Albero Varela en flickr |
Y me dejo acompañar de su naturaleza pasajera.
La enigmática impermanencia;
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| De Albero Varela en flickr |
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| Imagen pública en pixabay |

A veces ocurre. El tiempo hace re-colocar algunas sensaciones y sentimientos; otras no. Ayer pude recoger un buen puñado de cariño en las vertientes más diversas de sus depositarios; voluntarios, antiguos compañeros y compañeras, familiares ajenos, algunas personas a las que siento como amigos de los que uno apenas ve, y por supuesto aquellos con los derroché energía y ganas de ayudar como terapeuta, para que sus vidas caminaran de otra forma.
Imagen: CICLOPE3
Abrazos alejados del compromiso, sonrisas sinceras, apretones de manos, caras de sorpresa agradable, y un gran número de gestos que devolvían lo sembrado durante aquellos años tan intensos, ya grabados para siempre en mi. Aparecieron recuerdos torpemente colocados en la memoria, las ganas de compartir más de forma confusa, y la certeza tranquilizadora de que las cosas, muy posiblemente, se hicieron relativamente bien.
De entre todos él. Con aspecto del Aute más seductor, apareció con su pareja en uno de tantos giros entre el gentío. Fueron muchas las horas de esfuerzo, desconcierto, de análisis y de tratar de descifrar juntos los misterios que nos hace ser quienes somos en nuestros errores. “Me acuerdo mucho de ti y de lo que hablamos” me dijo, mientras sentía su achuchón emocionado, en el retroceso fugaz a las vicisitudes y desesperaciones compartidas. El verle bien y sentirme parte de eso, es algo difícil de explicar; es ese agradecimiento mutuo.
Entre vidas anónimas, instantes antes me di cuenta de que iba a cruzarme con mi futuro interlocutor. Hubo, lo reconozco, ese impulso seminstintivo y raro de no tener ganas de saludar. Tal vez fui lento de reflejos, o quizá simplemente es que en realidad tampoco me disgustaba la idea.
- “Hola ¿cómo estás?” me dijo algo titubeante.
- “Pues más o menos” respondí yo.
Es curiosa la buena dosis de extrañeza e incomodidad, que suele generar el responder de forma diferente al esperado “bien”... Pero esta vez no fue interpelado y yo lo agradecí.
Durante algún tiempo, años atrás, ambos estuvimos enfangados en el arte de mentir pseudo-profesionalmente; todo muy serio, eso si... Él prosiguió estos años coordinando uno de tantos mundos del podía haber sido y no es. Yo me alejé de aquél “teatro”, en la creencia sincera de que otros “escenarios” y otros “papeles” aguardarían sin duda con mayor interés... Como responsable, su obligación era pedirnos cierta cuota de falsedad implícita, y sin embargo a mi siempre me pareció tan enfangado como los demás; dentro del engaño colectivo de otra estructura podrida. Tal vez por todo eso, y también por otras muchas cosas más, me dejó confuso y triste su actual situación de parado. Con su aspecto de hombre sencillo, bueno y prudente, esperaba incrédulo la decisión de los mentirosos de vocación y casi profesionales del asunto. Deseoso de la licitación que continuase el absurdo, permitiéndole seguir con su vida y la de su familia.
“Tengo el miedo metido en el cuerpo” se despidió.
A veces pasa que los tiempos parecen no encontrarse. Cuando un tren llega el otro parte, y ocurre como en aquellas películas en las que los protagonistas no consiguen reencontrarse. Es entonces cuando uno se queda con la eterna duda de que hubiera ocurrido...Estudiando en la universidad, recuerdo haberme encontrado con este concepto por primera vez entre tantos otros. Fue de aquellos que releí varias veces en el texto y pensé durante algún rato. Quien sabe qué oportunidad perdí en aquel instante. Como con otras cosas, pese al interés creo que no comprendí en ese momento la transcendencia que tal idea puede llegar a tener, incluso después de trabajar posteriormente con sus posibilidades.
En estos días, una de las personas que me ayuda a sanear mi ser, me ha contado ese descubrimiento que es ahora mí propia “mochila”; esa que todos llevamos a nuestras espaldas y en la que de forma a veces consciente, muchas otras veces no, vamos introduciendo a lo largo de los años toda serie de aprendizajes, hábitos y reacciones diversas. Ya se sabe; la familia, el entorno, nuestras propias experiencias vitales... Es difícil llegar a saber cuando algo pasa a estar dentro de ella, pero de tanto llevarla a nuestras espaldas, terminamos en muchos casos por dejar de prestarla atención. Va ahí, para bien y para mal, siempre con nosotros.
Un día, tras algún suceso normalmente doloroso, nos damos cuenta que es necesario parar y revisar todos sus bolsillos. Es como si nos extrañáramos de repente con su peso y su molesta presencia. Dejas por un tiempo de utilizar sus “objetos” sin apenas pensar, como tantas otras veces hiciste, y te paras a observar con detenimiento lo que ella contiene. Te preguntas entonces cómo habrán llegado hasta allí algunas de esas “cosas”, al tiempo que cuestionas si te hace bien recorrer camino con ellas a cuestas. Afortunadamente escarbando también aparecen elementos valiosos, ocultos y olvidados en el fondo de nuestro equipaje; son aquellos que fuiste dejando de usar y ya no encontrabas fácilmente.
Yo he localizado en estos días algunas cosas en mi mochila de las que quiero desprenderme. Prescindir de ellas por el daño y el peso inútil al que me someten. De algunos de esos trastos ya me habían intentado hablar en otras ocasiones desde el cariño, solo que al abrir la cremallera de mi mochila pronto encontraba aquel antifaz oscuro e inmovilizante o los tapones colocados en mis oídos...
Aprender a desamprender; desechar todo lo que no valga más que para amargarte y hacer infeliz a quien te acompaña. Volver a enfocar la vida de otra manera; de la otra manera posible con lo que esa mochila también contiene y todo lo que puede llegar a tener. Ese es el reto por conseguir.
Doctor en Alaska. La descubrí hace ya algunos años en la “República Independiente de mi Cuarto” cuando vivía en la casa de mis padres; un cubículo de 2x2 metros cuadrados que sorprendía por su contenido a todo el que allí entraba. Entre lo mucho que increíblemente ese cuarto contenía, una balda esquinera sostenía un viejo televisor en blanco y negro. En ese rincón y de madrugada, es desde donde aparecían aquellas curiosas historias con sus peculiares personajes, en las que yo quedaba irremediablemente atrapado.
Hace unos días creí ver a alguien esperando la muerte. No estaba en un hospital, ni aquejada por ninguna grave enfermedad. La anciana, vestida de riguroso luto y con pañuelo sobre su cabeza, permanecía discreta e inmóvil sobre el chaflán de sofisticados escaparates, al tiempo que sus curtidas manos se apoyaban en un bastón. Esa tarde gris hacía un gélido viento polar, y mientras todos apresurábamos el paso en búsqueda de resguardo próximo, ella seguía impertérrita y ausente desde aquella solitaria esquina. Su rostro triste y ajado, parecía no encontrar aliciente ni sentido a su alrededor, en un mundo alejado del que fuera el suyo. Y así, con la mirada perdida y un pensamiento incierto, me dio la impresión de que esperaba resignada su momento en silencio.
Hay más jugarretas del estilo y sin darnos cuenta no es tan raro que nos empeñemos en estampanarnos contra ellas. La vivida reciente, es haber sido tan incauto de imaginarme como serían muchas horas de mi día a día, con algo que todavía no había ocurrido y que ni siquiera tenía el grado de certeza. Y así más de una y de dos veces, en ocasiones con los ojos cerrados y otras abiertos, he visto nítidamente muchos momentos recreados paso a paso en mi cabeza. Estoy casi seguro de que hubieran sido agradables de haberlos vivido, solo que fruto de esa no-realidad, es probable que les añadiese además algunas otras bondades.
Un mal día no hice caso al timbre del interfono, porque mi atención se centraba en escuchar con ansiedad el de un teléfono demasiado silencioso. Estúpido de mi, hasta que no baje al buzón no me percaté de que no habría tal llamada, pese a que el cartero trato de avisarme con los medios a su alcance. Había caído en el viejo cuento de “La lechera”, solo que esta vez sustituyendo la avaricia de su protagonista, por el deseo de simplemente querer estar a gusto trabajando de forma sencilla… Y las cosas no ocurrirán como las estaba imaginando, porque simplemente no ocurrirán. Al menos no de momento donde tanto me hubiera gustado…
forma absoluta, incluso en cuestiones de tipo innato la educación puede jugar un papel muy importante cuando hablamos de aprender a convivir. A lo que voy es que si una persona es desagradable, agresiva, muy competitiva o intolerante en sus reacciones, por poner solo algunos ejemplos clásicos relacionados con el “yo es que soy así”, lo que verdaderamente significa tales reacciones son aspectos como dificultad personal en la gestión de las emociones (rabia, nervios, frustración, etc.) poca habilidad para defender ideas y/o derechos sin vulnerar los del otro (lo que los técnicos llaman asertividad) o la puesta en marcha de inadecuados mecanismos de compensación-defensa en relación a las debilidades que cada cual tiene (ante la inseguridad, por ejemplo, se puede optar por vocear, ridiculizar, aislar… o bien por escuchar, preguntar, reformular...)
Hoy os he visto de nuevo. Tendríais veintipocos e ibais en un flamante Golf comprado seguramente por vuestro papa o vuestra mama. Fanfarroneando de no se sabe bien que. Parasteis en el semáforo junto a mí y mirabais con enorme descaro. Los tres con sendas gafas Ray-Ban de esas que os dan aspecto de desagradables moscas. Todos con la sonrisa engreída de serie que os hace pensar que estáis por encima de los demás…
Esperar. ¿Puede ser que sea tener un hijo como dicen? ¿Al afrontar grandes problemas o retos? ¿Cuándo no huyes de tus propias equivocaciones, reconociéndolas y afrontándolas? ¿Llegará el cambio cuando te arriesgas en la vida? ¿Podría ser que la voz de aviso sea que empieza a costar hacer nuevos amigos o amigas? ¿O que los que tienes empiezan a cambiar, resultando a veces difíciles de reconocer?
¿Y si el síntoma es tan simple como que te molestan las aglomeraciones, la música fuerte y el humo de los bares? ¿Que la resaca dure todo el día de después y no unas pocas horas? ¿Tener que plantearse que puede hacer uno con su tiempo libre? ¿Es al dejar de jugar o de reír frecuentemente? ¿Pasará cuando uno empieza a tener mucho estrés y apenas ese tiempo libre?...
No se. No parece que esté clara la cosa. ¿Se tiene que dar todo eso al tiempo? ¿Y entonces quien es adulto?...
Un buen amigo, ex-compañero de trabajo y perro viejo de la vida, sostiene sin vacilar que en una relación sentimental todo lo que hay que decir se hace en los primeros años. A partir de ahí las conversaciones son redundantes y lo mejor es apelar al silencio. Yo, que a menudo debatía y debato cosas con él, no comprendo del todo como se puede funcionar bien con tu pareja limitando tanto la comunicación. Porque otra cosa diferente es que estilo le da cada uno al asunto: humorístico, filosófico, laboral, familiar, quehaceres cotidianos, cotilleos varios, análisis intelectuales, culturales... e incluso alguna que otra discusión, claro. Para eso ya están los gustos o inercias de cada cual, aunque un poquito de variedad es lo recomendable. Eso pienso.
Me vienen a la cabeza algunas estrofas que cantaban El Ultimo de la Fila en el tema Cuando el mar te tenga: “Si lo que vas a decir, no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir (…)”. Creo que ellos lo situaban en otros contextos; aquellos en donde sobran verdaderamente las palabras. Que los hay. ¿Lo es comiendo uno en frente del otro durante cerca de una hora, en donde todo se limita apenas a que pedimos, pásame el pan y nos vamos?...
Es un clásico entre los clásicos; prácticamente todo el mundo echa pestes cuando habla de las reuniones de vecinos. Yo cuando voy a ellas -que hasta ahora es casi siempre- no doy crédito a creer lo que oigo y veo. Es por eso que estoy intentando entender que hay detrás de lo que suele ocurrir. Ya saben; voces, falta de escucha, todo el mundo hablando al tiempo, malos modos, criticas al aire, egoísmo de cada uno con su problema, la frase de “yo no pongo un duro más” y toda la secuencia típica. Además, efectivamente, esas reuniones suelen ser eso, de vecinos en masculino. Las vecinas no suelen estar y mucho menos participar activamente. O no las dejan o no quieren participar en ese circo…