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26 de enero de 2009

Con dos burras

En medio de todas las grandes noticias de las últimas semanas, a mi me ha encantado y atrapado la publicada en él 20 minutos con el titular “Burras para defenderse de los lobos”.

La cosa resumida es como sigue. Una productora de leche ecológica sufrió el ataque de los lobos recientemente, y en vez de tirarse por lo fácil e incoherente dada su filosofía; es decir cacerías, venenos y cosas del estilo, propias de otros cenutrios al amparo de las autoridades medioambientales, opto por indagar e informarse. Nada menos que en África, y en concreto en Namibia, dieron con la posible solución. Esta, sorprendentemente, es incorporar a los prados unas cuantas burras jóvenes. Si, si, han leído bien; burras. Por lo visto al ser equinos tienen un fuerte comportamiento grupal y defensivo, eso además del susto que debe ser ver a dichos animalicos dando coces a diestro y siniestro, mientras rebuznan de manera escandalosa “informando” a su estilo de que algo pasa. Por si fuera poco, como refuerzo y en la misma línea, también han decidido que troten por los pastizales en amor y compañía una perra loba y un mastín -mi trasero da fe de la fiereza de estos últimos, junto a un amigo que con los pantalones bajados por "asuntos propios", tuvo que correr despavorido por sus ladridos hasta refugiarse dentro de la tienda de campaña en las montañas asturianas-

¿No les parece genial la manera de resolver el asunto? Me refiero a lo de las burras y no a lo de mi amigo ;-)

18 de diciembre de 2008

Algunos orígenes

Es gratificante darse cuenta un buen día, que algunas de las cosas que te gustan, te producen bienestar o te atraen irremediablemente, tienen un modelo; una fuente de inspiración que aunque estaba ahí, a ti se te había pasado por alto o lo habías olvidado.

Al que suscribe le ocurre, de entre otras muchas cosas, con una serie televisiva: Doctor en Alaska. La descubrí hace ya algunos años en la “República Independiente de mi Cuarto” cuando vivía en la casa de mis padres; un cubículo de 2x2 metros cuadrados que sorprendía por su contenido a todo el que allí entraba. Entre lo mucho que increíblemente ese cuarto contenía, una balda esquinera sostenía un viejo televisor en blanco y negro. En ese rincón y de madrugada, es desde donde aparecían aquellas curiosas historias con sus peculiares personajes, en las que yo quedaba irremediablemente atrapado.

Recientemente he podido comprar las primeras temporadas de la serie. Viéndolas de nuevo, me he dado cuenta de muchas cosas; los paisajes, las conversaciones, el carácter de sus personajes… Hay un sin fin de guiños a las cosas que me interesan y producen atracción de forma inmediata. Y no, no soy tan incauto de pensar que la principal fuente de influencia hayan sido esos capítulos, siendo al mismo tiempo consciente de que algo ocurría en aquellos momentos. Pasada la media noche, mientras que un adolescente confundido veía y escuchaba atentamente esa ficción, se iba configurando en su cabecita una forma de analizar y vivir el mundo real, lleno de matices tan complejos como interesantes.

12 de marzo de 2008

Menuda historieta

Que mal trago, de verdad, aunque la cosa terminará con sonrisa. Como dice Reverte en algunos de sus artículos háganse cargo. Volvíamos de una plácida velada rural, con música folk en directo y agradable conversación un tanto introspectiva, cuando a altas horas de la gélida noche aparece en mitad del asfalto algo que se parecía a un corderillo. Y digo se parecía, porque mientras daba el volantazo para no atropellarlo no entendía bien que había visto. Unos metros después frenazo en la oscura cuneta, luces de emergencia, frontal en la cabeza y pasos nerviosos en dirección a lo que se movía. Increíblemente eso era; un desvalido borreguín sentado en la línea discontinua y ajeno a todos los peligros que le rodeaban. Parecía que estaba parido pocas horas antes por su aspecto sucio y la lana medio pegada al cuerpo, al tiempo que supuse que estaba sentado ahí porque el alquitrán le transmitía algo de calor en medio de la helada.

Como en cuanto me acerqué se puso a balar de manera desgarradora, era imposible no hacer nada, aunque lo complicado fue decidir qué. En principio iba con la simple idea de llevarlo al prado lindante con la carretera, pero al instante me di cuenta de que con la que caía, volvería por si mismo a la trampa de calor que era la calzada. Como no sabía que hacer, lo cogí con cuidado para meterlo en los asientos traseros del coche, y mientras caminaba con él tembloroso entre los brazos, pensé que lo mismo estaba herido, atropellado… Mi aturullamiento iba creciendo. Sin ninguna idea muy clara, volvimos para el pueblo desierto a esas horas de la madrugada, mientras el pobre bicho a trompicones balaba una y otra vez a nuestra espalda; daba una penilla tan pequeñín y asustado...

Ya en mitad de la aldea, vimos una zona con columpios cercada para los “peques”. Pensamos que ahí no estaría tan en peligro hasta que a la mañana siguiente lo viese alguien pero claro, fue ponerlo allí con el frío que pelaba, viéndole andar torpemente emitiendo ese sonido desesperado y atrayendo a los fornidos gatos merodeadores, que el cuajo lejos de aplacarse fue en claro aumento… Al darse cuenta de la situación, la buena gente con quien habíamos pasado la tarde decidió llevárselo a su taller. Allí estuvo protegido de las inclemencias del tiempo, tomó leche con un biberón artesanal y el tierno animal pasó la noche tan ricamente. En la mañana contactaron con los pastores de la zona, resultando que efectivamente una oveja del rebaño había parido ese día dos lechales mientras pastaba, siendo uno de ellos el extraviado protagonista de esta historia.

Menos mal que podré seguir contando ovejitas sin provocarme insomnio.

16 de septiembre de 2007

Toro de la Vega

Recientemente tuve la mala fortuna de tener que trabajar unas semanas en Tordesillas. Sí, ese pueblo que demuestra cada año su inteligencia y buen hacer con el dichoso Toro de la Vega -perseguir y matar un toro a lanzazos-. También me he pasado varios días, viendo a muchos oriundos del lugar en los informativos de diversas cadenas; y ya esta bien de aguantar o permitir tanta bravuconería cerril.

El principal argumento de los que apoyan tal aberración allí –por lo visto la mayoría del pueblo- es que es una tradición que “viene celebrándose desde el mil quinientos y algo…” Dicha concreción en la fecha ya apunta de lo fornido del argumento, recordándome que en dicho pueblo casi nadie sabía cuando le pregunté, de la existencia de una biblioteca pública en su “extenso” pueblo –ya no digamos que está en la Casa del Tratado- por no hablar, por ejemplo, del increíble índice de abandono escolar prematuro que me encontré entre su población de 20 a 30 años, sin querer salir del pueblo y mucho menos de aprender algo que implicara un mínimo esfuerzo. Y así suma y sigue…

Pero es que además, recurrir a que algo lleva haciéndose mucho tiempo como única razón para blindarlo, es un argumento tan pobre y poco consistente, que si por él fuera la gente de los pueblos seguiría perteneciendo al noble o terrateniente de la zona, trabajando para él de sol a sol por algo de alimento y teniendo que callar si le apetecía trajinarse a su hija cuando le viniese en gana; “Como se ha hecho desde siempre”. También podríamos seguir quemando a la gente en la hoguera, o colgarla de un árbol sin juicios de por medio. Practicas todas ellas que comparten mucha fecha de antigüedad si de eso se trata.

Con todo, no espero que alguien aquí le eche pelotas u ovarios para prohibir por ley tal barbarie, junto a otras del estilo. Lo más probable es que, tristemente, tengamos que esperar a que Europa nos lo prohiba desde Bruselas y así, no tengamos que seguir soportando a uno de esos locales haciéndole la señal de cortarle el cuello a quien se manifiesta en contra, o al otro diciendo que hay que matar a quien lo quite, o al primo de este agrediendo a la periodista que quería grabar como preparaban al pobre toro elegido. Muy valientes son algunos de Tordesillas. Y como se ve muy listos también.