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12 de diciembre de 2012

Apantallados

Imagen: Basil Arteomov
Sonidos y silencios incitando emociones,
apenas melodías que modulan la calma.
Ondas viajeras con acuse de recibo,
pulsado de mundos sostenido en las manos.  
Y te sorprenden, se presentan;
ilusionados algunos, generando dialogo.
Acústico espacio de limitadas letras,
palabras adornadas, en susurros de paso.
La vida en tempo de diminutos “ringnes”.
Esperanzas, sensaciones, en sí convidados.
Un mundo a través de esos sentidos.
Imágenes escritas para eternos lapsos.
Son los dedos galopando en simples cuadrículas,
te acarician, desesperan; quizá por colapso.
Hay un preludio reflectando continuos ensueños;
lo que ocurre, nos acontece. Aquello que va traspasando.

20 de noviembre de 2012

¿Cómo está usted?

Autor: Sekshun9
Inspirados en tu gesto de cómico,
tal vez la magia inunde la mía.
Tardes de pan y chocolate,
estela en diminuto proseguida.
Y gritar una, dos y tres veces,
mantra de felicidad insistida.
Veo ropajes de color rojo,
bromas, muecas, y aroma de risa.
Nuestra infancia te pertenece en parte.
Su candidez impregna hoy la mía.
Hasta siempre a usted; bondad recreada.
Lugar amable de las personas sencillas.

26 de julio de 2012

Lucas

Los viajes guardan siempre sorpresas variadas, y Eslovenia tenía preparadas unas cuantas de colores diversos. Lucas, en las últimas horas del vuelo de regreso, fue una de las que me provocan en ocasiones este martilleo arrítmico de las teclas con los dedos.

Imagen: MiRt@
Hay algo de conocido en la parafernalia previa a tomar un avión, cuando los números pasan al olvido de cuantos se fueron tomando. Y sin embargo esta vez en Zurich, la aproximación atascada hacia el asiento asignado, sorprendió de inicio al descubrir a ese diminuto ser rubio mirando abstraído por el ventanuco. Durante los primeros minutos, las conjeturas iban desde que sus familiares andarían en las filas cercanas, al asombro de que nadie se diera la vuelta para mirarle o decirle algo. Él mientras tanto, permanecía absorto en su observación con un silencio introvertido. “Lucas viaja solo” nos dijo una de las sonrientes azafatas poco antes de despegar, por si en un momento pudiera necesitar algo a sus cinco años. Y la expectación creció al mismo tiempo que la ternura ya despertada hacía rato.

En la maniobra de despegue, se le oía canturrear como quien se tranquiliza a sí mismo, por lo que poco a poco, y con la precaución de no agobiarle, fuimos preguntándole alguna cosilla que le hiciera sentirse acompañado, regalándonos progresivamente la confianza que los niños suelen otorgar con rapidez, a quienes entran en su mundo con naturalidad y respeto. Con su especial forma de hablar, comenzó a contarnos sus cosas; la sonrisa de satisfacción al decir que llevaba la maleta de su mama, que quien le esperaba en el aeropuerto eran sus abuelos para irse al mar levantino, que no era la primera vez que volaba aunque si solo porque ya podía hacerlo... Lucas hablaba con el personal de vuelo en alemán y con nosotros en español, pero lo más sorprendente era verle gestionar sus tiempos y sus cosas de manera discreta y concienzuda. Ahora repaso el papel de seguridad en el avión, ahora elijo el bocadillo que me gusta, ahora leo un poco este cuento, ahora necesito ir al servicio… Y claro, como cualquiera que le gusta compartir su viaje, nos avisaba con entusiasmo para ver los paisajes, hablaba del sentimiento de "poquito miedo" que le daban los meneos y sensaciones del aterrizaje, o nos informaba de las precauciones a tomar en caso de tener que usar el chaleco salvavidas.

Imagen: Fausto II
Creo que ya nos tenía conquistados a muchos de su alrededor, mucho antes de que de manera autosuficiente se prepararse para salir del avión. Era chocante verle buscar el cinto de seguridad primero, y la mochila con sus cosas después, para tras un coscorrón para alcanzar la chaquetilla del suelo, darse cuenta del simpático lío: "¡anda! pero si tengo la mochila puesta y se queda debajo de la cazadora, así no es...” Finalmente resuelto el entuerto, se colgó los prismáticos como el explorador que ya apunta ser, para esperar pacientemente todo el proceso de aterrizaje. Y así nos quedamos un ratito con él para que no se sintiera solo, hasta que todo el pasaje abandono ese vuelo que no fue como otros, y la responsable estuviera lista para acompañar a quien ya siempre permanecerá en nuestro recuerdo.

En la cinta del equipaje, mientras esperaba en primera fila el tesoro que era para él la maleta de su madre, y les contaba a sus yayos que con nosotros había hablado mucho, se despidió con esa sonrisilla que te enciende sentimientos tan hermosos.

21 de junio de 2012

Estupenda sonrisa

  Imagen: Jmacias

Hoy garabateo sonrisas.
Lindas, relucientes, simpáticas, divertidas.
Lo hago porque me sale.
Así no más; simple vitalidad encendida.
Recuperando viejos motes,
acompañando momentos al día.
Es la juerga de lo cotidiano,
gestos en dosis complacida.
Si me miras yo te invito.
Cuando lo hago me maravillas.
Ven, no te lo pienses,
únete a esta guisa.
Bocado a la manzana jugosa,
  dale que no está prohibida.


19 de junio de 2012

Desde varias miradas

Conocido o desconocido,
la inconsciencia viaja con muchos de nuestros andares.
Hay, tal vez, caminos sin encuentros, curvas para el derrapaje.
Solo tu serenidad;
la mía, la suya, la de nosotros,
otorga el cálido y fortuito halo.
Un estado anhelado en el trasiego de esperanzas.
Persecución en una vida construida de andamiajes.

Propongo, digo, manifiesto,
desde el remanso efímero del oasis hallado.
Las certezas quizá existen,
en lo ingrávido de aquellos deseos.
Fuerza desmedida ante los cerrados ojos,
que es creer, saber, empujar...
la parte de un destino azaroso,
transitado con arrojo en nuestras manos.

28 de agosto de 2010

Esos abracitos

Hay un pequeño ser que tiene conquistado mi maltrecho corazón. Últimamente cuando le miro, parece que estuviera viéndome en uno de aquellos vídeos en formato super-8 donde quedaron grabados lejanos momentos de mi infancia. Su recibimiento al verme es siempre con una simpática y sentida sonrisa, imposibilitando en ese momento cualquier tristeza que uno pueda albergar... Me cuentan ademas que cuando pasa en su cochecito por la puerta del edificio donde vivo, ve o escucha algo relacionado conmigo, él que apenas balbucea unas pocas palabras de momento, dice un gracioso “tste-te tste-te” mientras refrota sus gorditos dedos por alguna enigmática razón.

Hace pocos días estuve jugando con él a las afueras de la ciudad. Era muy curioso verle tan pequeñín plantado a un lado de una pista, observando todo serio el partido de unos adolescentes que andaban por allí. Supongo que eso de observar también está en los genes... De repente con ese bamboleo de pañal tan gracioso, se echaba a correr sin soltarse de su inseparable pelota, entremezclándose con ellos y queriendo jugar como uno más. Porque entre su inconsciencia e intrépido temperamento, todo lo que le rodea es ahora un gran y continuo juego...

Cuando a su padre se le ocurrió encaramarlo a la parte alta de un tobogán del que recelaban sus otros congéneres, algo especial estaba a punto de suceder. Sin pensárselo dos veces, y con la sonrisa que acompaña la excitación de las nuevas sensaciones, no dudó un instante en impulsarse y dejarse caer sin ninguna ayuda. Era divertido verlo disfrutar tanto en su gran aventura. Para mi sorpresa cuando llegaba al final de cada descenso donde yo le esperaba, decidió abrazarme con una ternura difícil de describir. Y así nos quedábamos los dos unos segundo con cada salto; él recuperando la tranquilidad hasta que decidía encaminarse de nuevo a la escalerilla, yo lleno de felicidad con su cuerpecito entre mis brazos, ese olor de bebe tan dulce y sintiendo su respiración agitada con su cabecita apoyada en mi cuello... sintiéndome un poco más lleno de vida gracias a él.

16 de octubre de 2008

Una de esas Palabras

Escuché hace algunas semanas una de las muchas aportaciones interesantes que nos dejó el pensador Ortega y Gasset, y como ando en deuda con Lenitita por algo del universo bloguero conocido como “meme” -invitándome a escribir sobre valores- aprovecharé para cumplir con mí cometido aunque sea un poco a mí manera… La cita que salió a relucir del sabio profesor, fue que según él “la distancia más próxima entre dos corazones no se encuentra en el amor” -como casi todos tenderíamos a pensar de inicio- “sino en la lealtad…”.

Y uno se pone a pensar y te das cuenta de que puede que efectivamente sea así. Dejando a un lado los prejuicios que pueda sugerir dicho vocablo y que seguramente han hecho que pierda vigencia, o se vincule en exclusiva a determinados ámbitos no del todo apreciados, cuando se analiza lo que verdaderamente más valoramos en nuestra relación con el otro, si que parece surgir con fuerza dicha cualidad: La lealtad. No entendida esta como alguien que nos da siempre la razón, nos adula continuamente con o sin motivo, o cosas que caminen por sendas semejantes. Ser leal va en otra dirección. Tiene que ver con cumplir el compromiso adquirido libremente con la persona, funcionar en esa relación en base a la verdad, queriendo estar ahí también en los errores, sabiendo perdonar sin que eso implique callar. Tal vez no todo de forma absoluta, claro, pero si una parte sustancialmente generosa.

Si uno piensa en su familia, en las amistades o en su pareja, no es difícil identificar que lo que hace avanzar y fortalecer cada una de esas relaciones, tiene mucho que ver con esa cuestión de la lealtad que nos apuntaba el filósofo.

4 de mayo de 2008

Las personas que se quedan

Hay gente que por uno u otro motivo decimos que va “perdiéndose” por el camino… También la hay que decide establecerse en un determinado lugar durante una larga temporada… y sin embargo no, no están ninguna de esas situaciones y sus protagonistas ahora en mi cabeza, aunque pudiera pensarse lo contrario. Lo que en realidad mascullo mientras tecleo, lo que en ocasiones llega a obsesionarme, son esos otros seres que habitan dentro de cada uno de nosotros. Un numero inconcreto de personas que por alguna razón, a veces enigmática y otras bien conocida, se quedan alojadas en nuestro recuerdo a lo largo del tiempo; a veces ya para siempre.

Yo tengo un buen número de estas personas en mi mente. Quizá porque el trabajo y mis vivencias llevan años brindándome la oportunidad de conocer a personas muy diversas, o tal vez por esa curiosidad mía de observar tantas y tantas cosas… La cuestión es que a algunas de esas personas las conozco en profundidad, otras están de algún modo en proceso de que estrechemos lazos, mientras que apenas sé nada de un buen numero de ellas. Y es curioso porque las que más me suelen impresionar, aquellas que me dejan con un “pellizco extraño en el adentro”, suelen cruzarse en mi camino fugazmente. Muchas de las veces por lo que unos llamamos casualidad y otros destino. Una mirada, una sonrisa, el intercambio de unas pocas palabras o un comportamiento apenas perceptible. Algo pasa y se queda ahí grabado el niño, la anciana o el adulto, a la espera de que un momento fortuito me permita rememorarla, sin llegar a comprender bien lo que en ese momento sucede.

Va desde aquí mi recuerdo, por todo lo que esa gente me va aportando a menudo sin saberlo… y que es mucho.

4 de marzo de 2008

“ ¡Es que tengo mucho carácter! ”

Habrán oído esta expresión a más de una persona. Yo al menos unas pocas de veces. Normalmente se justifica con dicha frase los exabruptos o desaires hacía los demás, sin plantear alguna inquietud personal tal auto-engaño. Lo es, ya que si bien todos nacemos con una cierta predisposición a funcionar de una manera más o menos impulsiva –los expertos llaman temperamento a esta base biológica preestablecida del comportamiento- no es cierto en absoluto que ante esa tendencia solo cabe dejarse llevar, haciendo y diciendo lo primero que le pida a uno el cuerpo. Es de ese error de donde parte el cómodo y simplista argumento de “es que soy de esa forma de ser y no lo puedo evitar; tienes que aceptarme tal y como soy” Así, con el imperativo por delante. Esto mismo los y las más refinadas lo camufla en frases como “lo que pasa es que mi forma de hablar es muy vehemente”… Y perdón pero no.

Como en tantas otras cosas en relación a las personas, la educación da explicaciones y respuestas a multitud de cuestiones relacionadas con nuestro comportamiento. Si bien no con todas de forma absoluta, incluso en cuestiones de tipo innato la educación puede jugar un papel muy importante cuando hablamos de aprender a convivir. A lo que voy es que si una persona es desagradable, agresiva, muy competitiva o intolerante en sus reacciones, por poner solo algunos ejemplos clásicos relacionados con el “yo es que soy así”, lo que verdaderamente significa tales reacciones son aspectos como dificultad personal en la gestión de las emociones (rabia, nervios, frustración, etc.) poca habilidad para defender ideas y/o derechos sin vulnerar los del otro (lo que los técnicos llaman asertividad) o la puesta en marcha de inadecuados mecanismos de compensación-defensa en relación a las debilidades que cada cual tiene (ante la inseguridad, por ejemplo, se puede optar por vocear, ridiculizar, aislar… o bien por escuchar, preguntar, reformular...)

Casi todo lo que hacemos y decimos tiene mucho de hábito adquirido por medios muy diversos. Es así como se va configurando nuestro carácter a lo largo del tiempo, teniendo este por tanto un fuerte componente aprendido y cultural, que va modulando el temperamento con el que nacemos. El compendio (artículo extenso) da como resultado nuestra personalidad. Es solo que hay dos posturas ante eso: Por un lado el conjunto de personas que se esfuerzan paulatinamente en ir mejorando sus comportamientos; es decir seguir aprendiendo para llegar a lograr sus objetivos sin dañar a otras personas. Y por otro, un segundo grupo estancado en una forma tan habituada de reaccionar, que o bien no se la cuestionan porque piensan que es la forma acertada –ignorando como hace sentir a los demás- o bien no están dispuestos a cambiar por el importante esfuerzo que eso les conllevaría, además de no querer renunciar al grado de poder que eso les da. Pero lo cierto es que si verdaderamente se está concienciado, se puede aprender poco a poco a funcionar de manera diferente en prácticamente cualquier área de la vida y a cualquier edad. Por eso los y las del “es que yo soy así”, no nos pueden intentar seguir haciendo creer –ni a ellos mismos tampoco- que hay que aceptar sin más esa parte de su mala-educación, adornándola de una medida en positivo inexistente: No se tiene “mucho” o “poco” carácter, simplemente se desarrollan o no determinados rasgos en base a como vamos afrontando las situaciones.

La pelota está por lo tanto en su tejado, pero pueden bajarla de ahí… Si quieren, claro.

2 de noviembre de 2007

El sentir de los sentidos.

A lo largo de un mismo día, los estímulos que nos rodean pueden transmitir grandes y silenciosas emociones. Suelen aparecer sin darnos cuenta; sin perseguir o buscar nada. Solo es cuestión de dejarse llevar por ellos.

Un día puedes estar atravesando un parque en la gran ciudad y que el sonido de un caño de agua continuo, te lleve directamente a una pequeña aldea salmantina. Aquella que te permitió observar de niño, los curiosos entresijos de un mundo rural ya en desuso. Donde se habitaba y vivía de otra forma. Ese lugar en el que, de la mano de un abuelo mitad maestro-mitad herrero, empezaste a descifrar los secretos de una naturaleza que te atraparía para siempre…

Casi al momento, poco tiempo después, pueden aparecer ante ti las ruinas de una vieja aunque conocida fachada. Restos a punto de ser demolidos que albergaron vidas pasadas. Es debajo de ese número, sostenido a duras penas sobre el dintel de una destartalada y carcomida puerta, donde un sonriente tío ebanista os recibía los días de visita. Un luchador por las libertades, comprenderías mucho tiempo después. Un rebelde en los tiempos en los que te mataban por pensar de otra forma sin esconderlo…

Y otro día será esa canción evocadora, quizá un olor penetrante y embriagador, la imagen de rostros desconocidos pero familiares, el sabor de algo llenando tu boca… Hay tantas de esas mágicas sensaciones… Y son todas tan melancólicamente hermosas…

18 de agosto de 2007

Envejecer

Desde hace tiempo me gusta fijarme en las personas mayores, ancianas o como mejor guste llamarlas. Ellos y ellas desvelan fácilmente secretos de lo que somos a través de lo que fuimos. Tres escenas se me han grabado recientemente:

La primera se sitúa este verano en una playa de San Sebastián. Mientras muchos descansábamos allí entre baños, paseos a la orilla del mar o tumbados al sol, una familia de esas multitudinarias con sombrilla, nevera y toda la parafernalia, tenía entre sus miembros a una abuela. La mujer era algo obesa, la costaba moverse y el calor la agobiaba a tenor de cómo buscaba la sombra de la sombrilla con su inseparable hamaca. No obstante, mientras el resto de la prole disfrutaba con quehaceres varios, ella estaba permanentemente al cuidado de la más pequeña; una simpática bebe de unos cuantos meses. Lejos de refunfuñar o quejarse de algo, la adorable abuelita se esforzó durante horas en que la sombra protegiese a la peque, hacerla cariñitos, distraerla con juegos, darle de comer. Todo con buen humor y maravillosa destreza…

En otra ocasión, estaba yo viendo y probando con curiosidad, las nuevas máquinas de gimnasia móviles que el Ayuntamiento ha montado junto a la playa urbana del río. Artilugios de ultima generación y que si el civismo colectivo lo permite, harán disfrutar de manera gratuita y al aire libre a muchas personas que se pasean por allí. Pues bien, mientras andaba yo haciendo remo, se acercó al lugar un abuelete con cara amigable. Cual fue mi sorpresa, cuando el intrépido anciano se subió a una de estas nuevas máquinas y de manera torpe al inicio, para demostrar maña después, se puso a hacer ejercicio mientras me miraba con una amplia y cómplice sonrisa…

La última escena ocurrió en un bazar oriental. Andaba yo fisgoneando no recuerdo bien qué, cuando me paré a escuchar la conversación que mantenía una mujer anciana con la dependienta del establecimiento. A decir verdad la oriental no la prestaba mucha atención, porque manipulaba algo concentrada y con la mirada hacia abajo. Era un marco con una foto, en la que pude ver la imagen a todo color y con brillo de unos recién casados. La mujer, con una forma de hablar atropellada y diciendo que los fotógrafos ahora hacían milagros, saco del bolso a su interlocutora la foto original más pequeña, con ese troquelado antiguo en su borde y en un tono sepia amarillento. Era ella el día de su boda 40 o 50 años más joven. Era ella quien buscaba a alguien con quien compartir su vida que tenía de nuevo el color de su recuerdo…