Camino descubriéndome,
El abrazo silencioso de esa sonrisa.
Aire en los días que recorren los sentidos.
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| De Albero Varela en flickr |
Y me dejo acompañar de su naturaleza pasajera.
La enigmática impermanencia;
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| De Albero Varela en flickr |
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| Imagen: Drubens |
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| Imagen: MiRt@ |
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| Imagen: Fausto II |
De entrada en la ciudad, una inquietante y extensa penumbra acompaña las calles de la gran capital. Entre edificios coloniales desvencijados y otros torreones de arquitectura sovietica, el espacio aparece por lo general bastante vacío, y una lúgubre sensación lo invade casi todo. Tras la llegada al hotel del que luego conocí su pasado mafioso, y el resoplido en la habitación que contenía las muchas horas de viaje acumuladas, la curiosidad me hizo bajar al filo de la media noche, para tomar un primer contacto en medio de la Habana Vieja.
Reconozco que mis primeros pasos fueron titubeantes y con algo de recelo en el cuerpo. Esa oscuridad descrita y el desconocido contexto que me rodeaba, hizo que los prejuicios asaltasen en mi cabeza. Así que llegó el momento de decir, bueno, esto va a ser así, por lo que simplemente dejate llevar y no te “acojones” de inicio. Entre varios “¿taxi señor? No gracias” me adentré en el Paseo de Prado, para ser agasajado con las primeras de las mil sonrisas que las hermosas, y demasiado jóvenes jineteras, me dedicarían a lo largo de los días en mi transitar por aquellas calles en solitario. Junto a ellas, el abordaje frecuente de dicharacheros y treintañeros mulatos, con su lamigoso comienzo de “Hello my friend; where do you come from?” -es gracioso que nunca me ubican bien en los diferentes países- Como sin darme cuenta, entre miradas entrecortadas y “soy español, solo quiero dar un paseo” mis primeros pasos me llevaron directamente al famoso Malecón. Salidas de no se sabe donde, un sin fin de personas se asientan en su largo muro; familias, grupos, adolescentes, enamorados... Es un ambiente tranquilo, humano, aunque para mi desconcertante. De igual manera y como un murmullo del oleaje, seguían chistándome desde el costado entre cómplices guiños y sigilosos “hola guapo” con acento caribeño. En ese escenario, todo tipo de estímulos viajaban por mi curiosidad observadora.
Así, las primeras horas finalizaron con un largo paseo a lo largo del viejo rompeolas, en compañía de un cubano ya maduro y con, entre otras cosas, ganas de conversación, que se disgustó por no querer irme a tomar unos rones con él, al cabo de casi una hora de charla caminada. El cansancio y mi desconfianza a su permanente “me entiendes”, hizo que declinase a adentrarme con su sonrisa entre las callejuelas anexas. Me acosté asumiendo que todo el que se acercase iba, de una u otra manera, a pedirme algo, que se iban a acercar continuamente ese y no otro tipo de autóctonos, y qué, así es, casi todo el mundo acabaría o empezaría por ofrecerme sexo con mujeres a cambio de dinero.
La Habana fundamentalmente me ha dejado sensaciones confusas y en su mayoría feas. Tal vez tendría que intentar contar algo de lo allí percibido. Lo intentaremos.
A veces pasa que los tiempos parecen no encontrarse. Cuando un tren llega el otro parte, y ocurre como en aquellas películas en las que los protagonistas no consiguen reencontrarse. Es entonces cuando uno se queda con la eterna duda de que hubiera ocurrido...Hay un pequeño ser que tiene conquistado mi maltrecho corazón. Últimamente cuando le miro, parece que estuviera viéndome en uno de aquellos vídeos en formato super-8 donde quedaron grabados lejanos momentos de mi infancia. Su recibimiento al verme es siempre con una simpática y sentida sonrisa, imposibilitando en ese momento cualquier tristeza que uno pueda albergar... Me cuentan ademas que cuando pasa en su cochecito por la puerta del edificio donde vivo, ve o escucha algo relacionado conmigo, él que apenas balbucea unas pocas palabras de momento, dice un gracioso “tste-te tste-te” mientras refrota sus gorditos dedos por alguna enigmática razón.
Hace pocos días estuve jugando con él a las afueras de la ciudad. Era muy curioso verle tan pequeñín plantado a un lado de una pista, observando todo serio el partido de unos adolescentes que andaban por allí. Supongo que eso de observar también está en los genes... De repente con ese bamboleo de pañal tan gracioso, se echaba a correr sin soltarse de su inseparable pelota, entremezclándose con ellos y queriendo jugar como uno más. Porque entre su inconsciencia e intrépido temperamento, todo lo que le rodea es ahora un gran y continuo juego...
Cuando a su padre se le ocurrió encaramarlo a la parte alta de un tobogán del que recelaban sus otros congéneres, algo especial estaba a punto de suceder. Sin pensárselo dos veces, y con la sonrisa que acompaña la excitación de las nuevas sensaciones, no dudó un instante en impulsarse y dejarse caer sin ninguna ayuda. Era divertido verlo disfrutar tanto en su gran aventura. Para mi sorpresa cuando llegaba al final de cada descenso donde yo le esperaba, decidió abrazarme con una ternura difícil de describir. Y así nos quedábamos los dos unos segundo con cada salto; él recuperando la tranquilidad hasta que decidía encaminarse de nuevo a la escalerilla, yo lleno de felicidad con su cuerpecito entre mis brazos, ese olor de bebe tan dulce y sintiendo su respiración agitada con su cabecita apoyada en mi cuello... sintiéndome un poco más lleno de vida gracias a él.
Estudiando en la universidad, recuerdo haberme encontrado con este concepto por primera vez entre tantos otros. Fue de aquellos que releí varias veces en el texto y pensé durante algún rato. Quien sabe qué oportunidad perdí en aquel instante. Como con otras cosas, pese al interés creo que no comprendí en ese momento la transcendencia que tal idea puede llegar a tener, incluso después de trabajar posteriormente con sus posibilidades.
En estos días, una de las personas que me ayuda a sanear mi ser, me ha contado ese descubrimiento que es ahora mí propia “mochila”; esa que todos llevamos a nuestras espaldas y en la que de forma a veces consciente, muchas otras veces no, vamos introduciendo a lo largo de los años toda serie de aprendizajes, hábitos y reacciones diversas. Ya se sabe; la familia, el entorno, nuestras propias experiencias vitales... Es difícil llegar a saber cuando algo pasa a estar dentro de ella, pero de tanto llevarla a nuestras espaldas, terminamos en muchos casos por dejar de prestarla atención. Va ahí, para bien y para mal, siempre con nosotros.
Un día, tras algún suceso normalmente doloroso, nos damos cuenta que es necesario parar y revisar todos sus bolsillos. Es como si nos extrañáramos de repente con su peso y su molesta presencia. Dejas por un tiempo de utilizar sus “objetos” sin apenas pensar, como tantas otras veces hiciste, y te paras a observar con detenimiento lo que ella contiene. Te preguntas entonces cómo habrán llegado hasta allí algunas de esas “cosas”, al tiempo que cuestionas si te hace bien recorrer camino con ellas a cuestas. Afortunadamente escarbando también aparecen elementos valiosos, ocultos y olvidados en el fondo de nuestro equipaje; son aquellos que fuiste dejando de usar y ya no encontrabas fácilmente.
Yo he localizado en estos días algunas cosas en mi mochila de las que quiero desprenderme. Prescindir de ellas por el daño y el peso inútil al que me someten. De algunos de esos trastos ya me habían intentado hablar en otras ocasiones desde el cariño, solo que al abrir la cremallera de mi mochila pronto encontraba aquel antifaz oscuro e inmovilizante o los tapones colocados en mis oídos...
Aprender a desamprender; desechar todo lo que no valga más que para amargarte y hacer infeliz a quien te acompaña. Volver a enfocar la vida de otra manera; de la otra manera posible con lo que esa mochila también contiene y todo lo que puede llegar a tener. Ese es el reto por conseguir.
Hoy en el trabajo, revisando los contenidos de un curso de mediación familiar, este párrafo apareció entre sus páginas:
“... Cuando la separación se exterioriza, es porque esa persona viene padeciendo hace tiempo y quizá el otro ni siquiera se percató de dicho sufrimiento, o desestimó que las insatisfacciones o reclamos pudiesen llegar a detonar en la ruptura del vínculo...”
Y la mañana transcurrió con este nudo anclado desde hace semanas en el estómago y mi llanto silencioso.