Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas

12 de diciembre de 2012

Apantallados

Imagen: Basil Arteomov
Sonidos y silencios incitando emociones,
apenas melodías que modulan la calma.
Ondas viajeras con acuse de recibo,
pulsado de mundos sostenido en las manos.  
Y te sorprenden, se presentan;
ilusionados algunos, generando dialogo.
Acústico espacio de limitadas letras,
palabras adornadas, en susurros de paso.
La vida en tempo de diminutos “ringnes”.
Esperanzas, sensaciones, en sí convidados.
Un mundo a través de esos sentidos.
Imágenes escritas para eternos lapsos.
Son los dedos galopando en simples cuadrículas,
te acarician, desesperan; quizá por colapso.
Hay un preludio reflectando continuos ensueños;
lo que ocurre, nos acontece. Aquello que va traspasando.

13 de febrero de 2012

Mujeres

Imagen: Rama kio oru

De espaldas llamó mi atención su trabajo. Con calmado esmero, aquella mujer proveniente desde algún lugar del altiplano andino, se esforzaba con cariño en atender y cuidar a quien vivía de forma diferente. A su corta edad, hablar y moverse se convirtió en su reto diario desde la silla articulada donde sonreía. No había nada menos de excepcional, en aquel momento del que iba haber sido un café más en la mañana; dos mujeres con vidas adivinadas de dureza, arropándose mutuamente con eso que la humanidad es capaz de aportar por encima de tantos prejuicios…

Horas después, en medio de ese rato animado que se vive en la cola de una frutería, y mientras las conversaciones en tono jocoso iban de un lado al otro del mostrador, la dependienta de apariencia ruda y formas en ocasiones amables, le dio por compartir cuestiones más personales sin pudor ni tapujos. Entre intimidades de naturaleza biológica, confesaba su recelo al despido por tratar de quedarse embarazada. Y decidiendo entre kilos de si esto o lo otro, me quedé admirando su valentía de frente. El arrojo de no sentirse achantada por un sistema que continua coartando por género, y el hastío de unos escrúpulos demasiado egoístas...

Poco antes de acostarme vino a sobrecogerme la penúltima de muchas historias. Su delito fue el de dar vida a otra mujer, en el territorio donde la barbarie ideológica las ha llevado al ostracismo del sin sentido. Y recordé aquellas palabras de quien tanto me enseñó; "la subyugación a menudo de las mujeres por la propia mujer". El marido que la estranguló por dar a luz una tercera niña, llevo a cabo el brutal asesinato con la ayuda de su madre...

25 de noviembre de 2011

Despertar

Eran pasadas las siete y media de la mañana, y la ciudad apareció envuelta en esa misteriosa niebla; la misma de la que, entre sensaciones agradables, hablaba pocas horas antes en un deseado encuentro. La humedad calaba en el cuerpo, invitando a un caminar apresurado para cruzar la calle y adentrarse en el local. No se piensa demasiado en esos momentos, y sin embargo las neuronas corrían esta vez a tropel por mi cabeza... Fue entonces cuando una cotidianidad que no era desde hacía ya tiempo, se vio aun más sorprendida en uno de tantos escenarios rutinarios.


Entre las oscuridades y hojarasca de aquella pequeña plaza, él yacía en un rincón del suelo. Sus haraposas mantas mostraban la dureza de otra noche a la intemperie, pulsando en mi esa no indiferencia al sufrimiento ajeno. Me sentí extraño, bloqueado; con otra clase de frío metido en cuerpo. Aquel desaliñado hombre comenzó cansado a recoger sus pocos enseres, mientras proclamaba al viento incomprensibles exabruptos. Miraba desde su recóndito pero publico rincón, con el descrédito y hastío de quien no puede creer ya en nada.

23 de octubre de 2011

Las sombras del empleo y el desempleo.

Mientras caminaba sin rumbo por el placer de pasear, sonaban ocho campanadas en el Ayuntamiento de una esplendida y noctámbula Plaza Mayor. Había llegado el fin de semana, y entre curioso y meditabundo observaba la vida de los otros. Hay tantas otras historias con las que uno se cruza por el camino, que a menudo pienso qué sería de encontrarse con ellas en otras circunstancias; aquellas que permiten la comunicación, más allá del cruce fugaz y enigmático de algunas miradas...

Imagen: Inguralde

Entre vidas anónimas, instantes antes me di cuenta de que iba a cruzarme con mi futuro interlocutor. Hubo, lo reconozco, ese impulso seminstintivo y raro de no tener ganas de saludar. Tal vez fui lento de reflejos, o quizá simplemente es que en realidad tampoco me disgustaba la idea.

- “Hola ¿cómo estás?” me dijo algo titubeante.

- “Pues más o menos” respondí yo.

Es curiosa la buena dosis de extrañeza e incomodidad, que suele generar el responder de forma diferente al esperado “bien”... Pero esta vez no fue interpelado y yo lo agradecí.

Durante algún tiempo, años atrás, ambos estuvimos enfangados en el arte de mentir pseudo-profesionalmente; todo muy serio, eso si... Él prosiguió estos años coordinando uno de tantos mundos del podía haber sido y no es. Yo me alejé de aquél “teatro”, en la creencia sincera de que otros “escenarios” y otros “papeles” aguardarían sin duda con mayor interés... Como responsable, su obligación era pedirnos cierta cuota de falsedad implícita, y sin embargo a mi siempre me pareció tan enfangado como los demás; dentro del engaño colectivo de otra estructura podrida. Tal vez por todo eso, y también por otras muchas cosas más, me dejó confuso y triste su actual situación de parado. Con su aspecto de hombre sencillo, bueno y prudente, esperaba incrédulo la decisión de los mentirosos de vocación y casi profesionales del asunto. Deseoso de la licitación que continuase el absurdo, permitiéndole seguir con su vida y la de su familia.

“Tengo el miedo metido en el cuerpo” se despidió.

16 de octubre de 2011

Manifestando

Desconcertado, abrí los ojos a media tarde. Andaba con los sentimientos muy confusos y entremezclados, cuando caí en la cuenta de que había convocado uno de esos momentos de protesta colectiva. Titubeante, delegué en el agua la responsabilidad de devolverme lentamente la consciencia, perdida en el transcurso de las horas previas, entre devaneos vitales propios. Poco después deje que la bici descendiera el camino que me llevaría al centro de la ciudad. No tenía la certeza de donde, pero el pasado hizo dirigirme hacia uno de esos lugares comunes. Y acerté. Fue extraño escuchar al fondo los tambores de los que hasta hace poco fueron compañeros, así que decidí mezclarme con la masa sin destapar emociones, por miedo a lastimarme una vez más.

Es hermoso ver y participar en el acto cívico que es una manifestación pacífica. Miles de personas unidas por el hecho de reivindicar, protestar, cuestionar algo que se presenta como injusto. Puede pasar que no siempre se comparten algunos lemas, que fácilmente se confundan algunas formas adoptadas como propias del momento, pero es justamente la variedad inherente a un grupo tan heterogéneo de gente, lo que prevalece en esa sensación de fuerza colectiva; aunque sea algo pueril frente al consabido efecto apisonador del sistema.



Había cientos de pancartas sin formatos prefabricados. Ausencia de logotipos interesados que restasen protagonismo al pueblo. En su lugar, cientos de mensajes construidos con el ingenio y el hartazgo de quienes se sienten olvidados por tantas cosas mal hechas; ese egoísmo sistemático de una minoría acaparadora de tanto poder como riqueza. Y así, mi andar indignado caminó al son de una gaita montañera palentina, bajo una pancarta donde se podía leer con sencillez “Por un mundo rural vivo”, mientras al costado un pequeño cartel proclamaba “Basta de contarnos mentiras...”

Imagen: José-Manuel Benito

25 de julio de 2011

La Habana y aquellas primeras sensaciones.

Cuando aterrizas atardeciendo en el aeropuerto José Martí, uno presupone, por lo que ha leído antes, que llegará de noche a la Habana. Por lo general, mujeres vestidas de militar, son quienes tramitan el fatigoso proceso fronterizo; esto es, foto digital y sellado de visado en un rudimentario cubículo para abrirte una inquietante puertezuela mecanizada, médicos que firman papelillos con alguna insospechada conformidad, y finalmente el proceso aduanero que, de facto, es muy diferente si eres o no cubano. Increíblemente, nadie se percató de las dos grandes bolsas llenas de medicamentos que decidí transportar allí como ayuda, las cuales tuve que sacar in extremis de la maleta retractilada, para no meterme en problemas con sus normas, según se nos informó ya en el vuelo para mis nervios. Entre espera y espera de largas colas, me preguntaba por esa curiosa estética uniformada de aquellas féminas (que no parecían estar ahí por casualidad) luciendo de igual forma galones, minifalda verde militar y medias de extravagantes dibujos en sus piernas.

De entrada en la ciudad, una inquietante y extensa penumbra acompaña las calles de la gran capital. Entre edificios coloniales desvencijados y otros torreones de arquitectura sovietica, el espacio aparece por lo general bastante vacío, y una lúgubre sensación lo invade casi todo. Tras la llegada al hotel del que luego conocí su pasado mafioso, y el resoplido en la habitación que contenía las muchas horas de viaje acumuladas, la curiosidad me hizo bajar al filo de la media noche, para tomar un primer contacto en medio de la Habana Vieja.

Reconozco que mis primeros pasos fueron titubeantes y con algo de recelo en el cuerpo. Esa oscuridad descrita y el desconocido contexto que me rodeaba, hizo que los prejuicios asaltasen en mi cabeza. Así que llegó el momento de decir, bueno, esto va a ser así, por lo que simplemente dejate llevar y no te “acojones” de inicio. Entre varios “¿taxi señor? No gracias” me adentré en el Paseo de Prado, para ser agasajado con las primeras de las mil sonrisas que las hermosas, y demasiado jóvenes jineteras, me dedicarían a lo largo de los días en mi transitar por aquellas calles en solitario. Junto a ellas, el abordaje frecuente de dicharacheros y treintañeros mulatos, con su lamigoso comienzo de “Hello my friend; where do you come from?” -es gracioso que nunca me ubican bien en los diferentes países- Como sin darme cuenta, entre miradas entrecortadas y “soy español, solo quiero dar un paseo” mis primeros pasos me llevaron directamente al famoso Malecón. Salidas de no se sabe donde, un sin fin de personas se asientan en su largo muro; familias, grupos, adolescentes, enamorados... Es un ambiente tranquilo, humano, aunque para mi desconcertante. De igual manera y como un murmullo del oleaje, seguían chistándome desde el costado entre cómplices guiños y sigilosos “hola guapo” con acento caribeño. En ese escenario, todo tipo de estímulos viajaban por mi curiosidad observadora.

Así, las primeras horas finalizaron con un largo paseo a lo largo del viejo rompeolas, en compañía de un cubano ya maduro y con, entre otras cosas, ganas de conversación, que se disgustó por no querer irme a tomar unos rones con él, al cabo de casi una hora de charla caminada. El cansancio y mi desconfianza a su permanente “me entiendes”, hizo que declinase a adentrarme con su sonrisa entre las callejuelas anexas. Me acosté asumiendo que todo el que se acercase iba, de una u otra manera, a pedirme algo, que se iban a acercar continuamente ese y no otro tipo de autóctonos, y qué, así es, casi todo el mundo acabaría o empezaría por ofrecerme sexo con mujeres a cambio de dinero.

24 de julio de 2011

La Habana, Cuba.

A medida que viajas, los sitios que visitas dejan de ser lugares abstractos y a veces artificialmente adornados que figuran en tu cabeza. Pese a que unos días nunca te permite conocer más que una pequeña parte, la actitud y unos ojos bien abiertos, junto a unas piernas que quieran andar camino, dejan mucho rastro de lo que son y lo que ocurre en ellos.

La Habana fundamentalmente me ha dejado sensaciones confusas y en su mayoría feas. Tal vez tendría que intentar contar algo de lo allí percibido. Lo intentaremos.

22 de noviembre de 2009

“Eso son mariconadas…”

Cada vez que de forma no tan ocasional escucho tal afirmación, pienso que menos mal que hay homosexuales (proverbio no chino). La explicación es bien simple; se suele dar ese ‘sesudo’ calificativo, a todo aquello que parece no pertenecer a lo que viene siendo un hombre hecho y derecho, para ese nutrido grupo de mujeres y hombres de hoy en día. Ya saben; sensibilidad, demostrar afectos, gusto por los detalles, cuidar la estética de lo que nos rodea y cosas tan ‘antinaturales’ como esas. Al margen quedan las violentas razones históricas y los recalcitrantes planteamientos más actuales que sustentan esos prejuicios. Así que más pronto que tarde, si se muestra algo de preocupación por eso que se sale del paradigma masculino por aquí -y también por muchos allá- te cae esa otra versión del mismo asunto: “déjate de mariconadas”.

Nunca, eso si, he escuchado relacionar dicho concepto tan erudito con el maltrato a las mujeres, la brusquedad en las formas o la cutrez y mala educación que abunda con facilidad en el comportamiento humano con cromosoma XY.

Para aquellos y aquellas que en cuanto leen la palabra homosexual se les disparan todas las alertas, poniendo instantáneamente el piloto automático de que la homosexualidad es una desviación humana y toda esa cantinela del bla, bla, bla, decirles que se han perdido con su obcecación desde la primera línea sin comprender nada. Claro que también me pueden decir que no digo más que mariconadas…

22 de diciembre de 2008

Guerra de sexos

Cuando hace unos días caminaba sobre la nieve caída por la ciudad en la que vivo, además de muchas instantáneas evocadoramente diferentes a la cotidianidad, apareció también otra. Atravesaba un parque por el simple gusto de percibir los copos con todos los sentidos, cuando el barullo y el griterío de gente menuda hicieron que me girase. La escena a priori no tendría nada de excepcional; un grupo de niños y niñas jugaban desaforados a tirarse bolas de nieve. Sin embargo, algo de ese momento no resultaba gracioso o divertido. Los dos grupos de “combate” se habían compuesto de la siguiente forma: 10 niños contra 3 niñas. Tendrían alrededor de 9 años y resultaba desagradable ver como el numeroso grupo de muchachos rodeaba, voceaba y hacía retroceder a trompicones a las chicas.

Me giré un par de veces más esperando tal vez un imposible, tal vez no; uno o varios de los chavales pasándose al otro bando por compensar, por solidaridad, por lo que fuese, que se yo… Pero por supuesto no ocurrió y mientras seguía caminando bajo ese manto blanco, fui dándole vueltas a la razón verdadera de que ocurran así las cosas.

18 de diciembre de 2008

Algunos orígenes

Es gratificante darse cuenta un buen día, que algunas de las cosas que te gustan, te producen bienestar o te atraen irremediablemente, tienen un modelo; una fuente de inspiración que aunque estaba ahí, a ti se te había pasado por alto o lo habías olvidado.

Al que suscribe le ocurre, de entre otras muchas cosas, con una serie televisiva: Doctor en Alaska. La descubrí hace ya algunos años en la “República Independiente de mi Cuarto” cuando vivía en la casa de mis padres; un cubículo de 2x2 metros cuadrados que sorprendía por su contenido a todo el que allí entraba. Entre lo mucho que increíblemente ese cuarto contenía, una balda esquinera sostenía un viejo televisor en blanco y negro. En ese rincón y de madrugada, es desde donde aparecían aquellas curiosas historias con sus peculiares personajes, en las que yo quedaba irremediablemente atrapado.

Recientemente he podido comprar las primeras temporadas de la serie. Viéndolas de nuevo, me he dado cuenta de muchas cosas; los paisajes, las conversaciones, el carácter de sus personajes… Hay un sin fin de guiños a las cosas que me interesan y producen atracción de forma inmediata. Y no, no soy tan incauto de pensar que la principal fuente de influencia hayan sido esos capítulos, siendo al mismo tiempo consciente de que algo ocurría en aquellos momentos. Pasada la media noche, mientras que un adolescente confundido veía y escuchaba atentamente esa ficción, se iba configurando en su cabecita una forma de analizar y vivir el mundo real, lleno de matices tan complejos como interesantes.

12 de octubre de 2008

Repartición de ganancias.

En medio de tanta noticia y debate sobre la dichosa crisis económica, el otro día en un programa que analiza la actualidad en clave de humor, escuché una reflexión que sintetiza de forma sencilla algunas cosas importantes: “En el mercado de valores, más conocido como la bolsa, no olvidéis que para que unos ganen dinero otros tienen que perderlo”. Así de sencillo y despiadado.

5 de octubre de 2008

Sacando barriga

“España arrasa en Europa”. Este era el fastuoso titular con el que abrían el otro día las noticias nacionales en un canal de televisión. El motivo es que los equipos españoles que participan en la liga europea de campeones, habían ganado todos sus respectivos partidos, siendo el único país que había logrado tal “prodigio y heroicidad” con sus representantes.

No se vayan a equivocar, a mi me gusta el fútbol. Más jugarlo que verlo ciertamente, aunque un buen partido es un entretenimiento que no hay porque despreciar en absoluto. Ahora bien, dejando a un lado que jugaban clubes convertidos en empresas S.A. y no selecciones nacionales, llama la atención que los noticiarios tengan la frivolidad de hacer ese alarde de no se muy bien que, cuando España sistemáticamente ocupa los peores puestos -o el primero según sea el enfoque- en las estadísticas europeas comparativas sobre las cosas verdaderamente importantes. Asuntos del estilo a que España es de los países de la unión con más casos de obesidad infantil, muertes por violencia machista, corrupción en su funcionamiento o de los que menos invierte en investigación, tecnología, educación y así un largo etc hasta abochornar.

Que quieren que les diga. Da entre risa y sonrojo todo lo que implica ese absurdo manifiesto de “España arrasa en Europa”.

10 de septiembre de 2008

Complicarse... o no

Ya van unas cuantas veces que escucho a alguien decir, cuando se habla de cine, que él o ella pasan de ir a ver películas de esas que hagan pensar; que ya bastantes desgracias tiene la vida, dicen, para ir a pasar un mal rato y comerse la cabeza. Por eso, supongo, el cine llamado de entretenimiento, vacío desde mi punto de vista y a menudo simplón –pese a unos efectos especiales de millones de dólares- arrasa en las taquillas, descargas en la red y en menor medida y directa relación alquiler de pelis en un videoclub, a tenor de los que han ido cerrando en el último año y la cara rara de la gente cuando digo que aún alquilo largometrajes. Aunque ese es otro tema y no conviene mezclar.

A lo que voy es que es cierto. Si uno ve con frecuencia determinadas historias en la gran pantalla, elige algunos programas cuando hace zaping, lee cierto tipo de publicaciones o revisa determinados sitios en Internet, por poner algunos ejemplos, complicarte sí te complicas un pelín. Puede pasar que sin proponértelo te acuestes pensando en el funcionamiento de la economía de mercado, te descubras al pasear encontrando ejemplos de globalización, surgiendo dudas en tu cabecita sobre en que condiciones laborales se habrá hecho esa ganga made in que ibas a comprar, o preguntándote por si es muy ecológico tal o cual gesto cotidiano catalogado como de los que proporcionan calidad de vida...

Luego, como decían los Celtas Cortos, todo es ponerse. Le vas mezclando unas dosis de los rudimentarios conocimientos de historia que uno pueda tener, lo aderezas con lo que vas descubriendo de las distintas ideologías políticas, intentas desenmarañar la influencia que las religiones han tenido y tienen en tantas cosas, reflexionas sobre la evolución de muchos acontecimientos y porqué se está donde se está respecto a cada lugar geográfico, cada tema... Te da por analizar los pros y contras del sistema democrático, el capitalismo, el neoliberalismo y todos sus secuaces, al tiempo que lo comparas con otras posibles formas de gobierno, otras utopías tal vez, mientras sufres, te avergüenzas, sientes frustración y eres cada vez más consciente de lo jodida y maquiavélicamente interrelacionado que esta todo.

Y algo me rechina en ese no querer pensar como punto de partida permanente…

20 de agosto de 2008

Entre muchas historias...

La primera vez que me fijé en él, andaba despacio mientras lloraba bajo un sol de justicia, al tiempo que un adulto con cara de capullo le gritaba desde la distancia. El pequeño debía tener alrededor de los cuatro años y la piel de su delgado cuerpo era color tostado. Llamaba la atención que caminase descalzo por la ciudad y sin camiseta, ya que por vestimenta llevaba tan solo un pantalón verde lleno de manchas. Y así me quedé con el cuajo…

A la mañana siguiente, algo ocurrió en el aula móvil donde he estado "alejado" todo este tiempo, enseñando algunas cosas y aprendiendo otras. Un policía municipal que había venido con su hijo, se dio cuenta de que les habían robado la bici que dejaron fuera. Poco tiempo después, vino contando muy ufano que fue directo a una zona donde se asientan los rumanos y que un chavalín que la tenía salio corriendo asustado al verle. La persona que trabajaba conmigo, me comentó que él ya había tenido que echarle la bronca a ese niño a primera hora, por estar cogiendo cosas a otros usuarios. Nuestro público se sonreía de forma para mi extraña y decía “¡hay que ver!”…

Con esto a primera hora de la tarde apareció de nuevo el protagonista de esta historia. Me senté a su lado e intenté explicarle despacio que si iba cogiendo cosas que no son suyas, no le iban a dejar estar en muchos sitios. Se puso entre serio y triste asintiendo con la cabeza. Luego pensé en toda la historia que habría detrás de ese niño, e intenté cambiar de registro enseñándole cosas entretenidas en el ordenador. Era gracioso porque cuando algo le gustaba, una simpática sonrisa iluminaba su cara y la pequeña mano hacía por quitarme el ratón. Así pasamos toda la tarde juntos hasta que llegó el momento de recoger. A nuestro amigo todo parecía llamarle la atención, así que estuvo en primera fila observando con ojos avispados el proceso sin perder detalle, pasándoselo pipa cuando le cogí de la mano y le deje apretar los botones del mecanismo hidráulico que teníamos como ascensor; menudas risas los dos allí subiendo y bajando.

Cuando todo estuvo recogido, silenciosamente me siguió un tramo hasta donde estaba el coche. Le choqué la mano, le dije que me había gustado mucho conocerle, y mientras nos decíamos adiós arranqué con un angustioso nudo en la garganta.

4 de marzo de 2008

“ ¡Es que tengo mucho carácter! ”

Habrán oído esta expresión a más de una persona. Yo al menos unas pocas de veces. Normalmente se justifica con dicha frase los exabruptos o desaires hacía los demás, sin plantear alguna inquietud personal tal auto-engaño. Lo es, ya que si bien todos nacemos con una cierta predisposición a funcionar de una manera más o menos impulsiva –los expertos llaman temperamento a esta base biológica preestablecida del comportamiento- no es cierto en absoluto que ante esa tendencia solo cabe dejarse llevar, haciendo y diciendo lo primero que le pida a uno el cuerpo. Es de ese error de donde parte el cómodo y simplista argumento de “es que soy de esa forma de ser y no lo puedo evitar; tienes que aceptarme tal y como soy” Así, con el imperativo por delante. Esto mismo los y las más refinadas lo camufla en frases como “lo que pasa es que mi forma de hablar es muy vehemente”… Y perdón pero no.

Como en tantas otras cosas en relación a las personas, la educación da explicaciones y respuestas a multitud de cuestiones relacionadas con nuestro comportamiento. Si bien no con todas de forma absoluta, incluso en cuestiones de tipo innato la educación puede jugar un papel muy importante cuando hablamos de aprender a convivir. A lo que voy es que si una persona es desagradable, agresiva, muy competitiva o intolerante en sus reacciones, por poner solo algunos ejemplos clásicos relacionados con el “yo es que soy así”, lo que verdaderamente significa tales reacciones son aspectos como dificultad personal en la gestión de las emociones (rabia, nervios, frustración, etc.) poca habilidad para defender ideas y/o derechos sin vulnerar los del otro (lo que los técnicos llaman asertividad) o la puesta en marcha de inadecuados mecanismos de compensación-defensa en relación a las debilidades que cada cual tiene (ante la inseguridad, por ejemplo, se puede optar por vocear, ridiculizar, aislar… o bien por escuchar, preguntar, reformular...)

Casi todo lo que hacemos y decimos tiene mucho de hábito adquirido por medios muy diversos. Es así como se va configurando nuestro carácter a lo largo del tiempo, teniendo este por tanto un fuerte componente aprendido y cultural, que va modulando el temperamento con el que nacemos. El compendio (artículo extenso) da como resultado nuestra personalidad. Es solo que hay dos posturas ante eso: Por un lado el conjunto de personas que se esfuerzan paulatinamente en ir mejorando sus comportamientos; es decir seguir aprendiendo para llegar a lograr sus objetivos sin dañar a otras personas. Y por otro, un segundo grupo estancado en una forma tan habituada de reaccionar, que o bien no se la cuestionan porque piensan que es la forma acertada –ignorando como hace sentir a los demás- o bien no están dispuestos a cambiar por el importante esfuerzo que eso les conllevaría, además de no querer renunciar al grado de poder que eso les da. Pero lo cierto es que si verdaderamente se está concienciado, se puede aprender poco a poco a funcionar de manera diferente en prácticamente cualquier área de la vida y a cualquier edad. Por eso los y las del “es que yo soy así”, no nos pueden intentar seguir haciendo creer –ni a ellos mismos tampoco- que hay que aceptar sin más esa parte de su mala-educación, adornándola de una medida en positivo inexistente: No se tiene “mucho” o “poco” carácter, simplemente se desarrollan o no determinados rasgos en base a como vamos afrontando las situaciones.

La pelota está por lo tanto en su tejado, pero pueden bajarla de ahí… Si quieren, claro.

26 de febrero de 2008

No siempre es bueno leer

Digo esto porque se habrán dado cuenta conmigo, de que cada vez va siendo más habitual ver transmitir ideas en público así: Leyendo papeles burdamente, aunque los más avispados lo hagan de reojo. Como quien no quiere la cosa, esto se va incorporando sin complejos a múltiples escenarios, anulando en gran medida la posibilidad de evaluar las verdaderas capacidades e intenciones de quien lee. Cuesta así llegar a saber en que grado conoce el impostor orador de lo que está hablando, si es de su cosecha o escrito por otras personas, cuando no dudar de si su postura es ciertamente la que cuenta y con la intensidad en la que lo hace.

Todo cuando en realidad el no decir las cosas en verdadero directo, es una muestra de mediocridad, cobardía y medio mentira en la mayor parte de los casos. Y ocurre; vaya si ocurre. Se lo puede uno encontrar en una conferencia de “expertos”, o con profesores cuyas clases consisten en leer apuntes, en los discursos de cualquier autoridad y por supuesto en la mayor parte de las intervenciones de nuestros “valientes” políticos. Da la impresión de que aquí ya casi nadie se atreve a decir algo, si antes no se ha estudiado al dedillo en una reunión previa, se ha valorado pros y contras de cada frase o se ha matizado por algún asesor el “mejor utiliza esta palabra que no aquella otra”. Grave forma de manipulación es la que se esta normalizando, en mi opinión, hasta el punto de naturalizarse y no cuestionarse. ¿Será por eso que nuestros políticos se resisten a debatir en directo y solo están dispuestos a hacerlo con todo “prefabricado”? ¿Dónde quedan las clásicas disciplinas del Trivium como la retórica o la dialéctica que den nivel a la oratoria?

Puede ser que ya estemos más cerca de terminar haciendo como se empieza a ver en televisión –otro de los paradigmas de la mentira y la manipulación actualmente más evidentes- en donde muchos presentadores ya hablan literalmente en función de lo que les van dictando coma a coma por un diminuto e imperceptible auricular, haciéndonos creer que son sus ocurrencias las de “la voz en off” que escuchan, aunque lo hagan con unas pausas y silencios extraños completamente antinaturales. Es decir, son autómatas en donde su capacidad de expresión y manejo de la situación en directo no asegura la audiencia, importando poco la veracidad del asunto…