Antes de solicitar el correo a aquella chica italiana para poder
incorporarlo a su perfil -no vayan a pensar-, un hombre marroquí me preguntaba atropelladamente sobre unos molestos papeles a
rellenar, para pocos minutos después,
entre el tumulto de un voluntario paseo por la Castellana, aquel grupo
de indios reclamara mi atención en su antigua lengua colonial, inquietos
por confirmar la dirección a la que equivocadamente andaban. Luego, la
fina pero incómoda lluvia se disipó bajo el laberinto siempre sórdido de
pasillos subterraneos, cuando mi mirada complacida se cruzó con la
intención y escondido talento de un joven senegales, apurado en su
gesto, que compartía con nobleza e ingenuidad sus solitarios cantos. Y
llegué así al rincón acristalado donde me esperaba el grato dialogo de
una amistad que perdura, mientras saboreé una caña servida por las manos
de una resuelta mujer eslava... No fue difícil, convendrán,
entender al yonqui nativo que me abordó al salir, cuando desde una de
las esquinas próximas, y con el ralentí de quien va calmadamente 'puesto', me dijo antes de
aventurarse a pedirme nada aquello de "oye, mira, ¿tú hablas español?"...
![]() |
Imagen: Drubens |
El
tren de regreso trajo a mi el cansancio de estos cortos pero de alguna
forma largos viajes, el regusto de otras vivencias; sus sensaciones, al
tiempo que la melodía “De amor y casualidad” en boca
de Jorge Drexler, haciendo que conscientemente cerrase los ojos; queriendo
ignorar las infinitas pequeñas pantallas que, por momentos, parecían abducir a todo aquel que me rodeaba desde su mundo virtual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario